Moroco Surf Photography (MSP)

EL MAR NO ENTIENDE DE SEXOS

Son las cinco y media de la mañana en Tamraght, pueblo al sur de Marruecos, cerca de Agadir. A través de los megáfonos de las mezquitas, se escuchan de forma intensa las voces de los almuceínes, hombres musulmanes encargados de llamar al rezo a los fieles. Árabes, bereberes, y multitud de extranjeros de diferentes religiones y nacionalidades, comienzan el día bajo el intenso sol africano con un mismo despertar, los versos del Corán. Niñas y mujeres musulmanas recorren las calles tapadas con el hidjab, velo de uso generalizado en el mundo musulmán que cubre el cabello, las orejas y el cuello y que solo permite ver el óvalo del rostro, mientras se cruzan con jóvenes europeas, americanas, asiáticas, mostrando con naturalidad su físico mínimamente tapado. A pesar de ser todas mujeres, algunos hombres no las miran con los mismos ojos con los que miran a las mujeres locales. Así amanece Marruecos.

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Moroco Surf Photography (MSP)

La costa marroquí está cada vez más frecuentada por turistas que viajan en busca de olas perfectas y de paisajes asombrosos. El surf es una de las principales actividades en las playas del sur de Agadir.

El litoral, la diversidad de olas aptas para todo tipo de niveles, el exotismo de una cultura diferente, la gastronomía y la cultura musulmana, hacen que durante los meses de octubre a mayo, la costa de Agadir sea una vorágine cultural. A catorce kilómetros de Agadir se encuentra el pueblo de Aourir, también llamado Banana, característico por las plantaciones de bananas que posee, y a tan solo un kilómetro hacia el norte, se sitúa el pueblo de Tamraght. Al llegar aquí, como al poblado contiguo, Taghazout, se reconoce fácilmente que más de la mitad de los jóvenes se dedican al mundo del surf. Pueblos que viven en su mayoría de este tipo de turismo, gracias a la diversidad de escuelas de surf, de hoteles y de restaurantes.

Sea cual fuere la escuela de surf entre todas las que se pueden elegir, la mayoría presentan los mismos programas. Youssef Drouich es un berebere residente entre Tamraght e Imssouane (pueblo de pescadores al norte de Agadir) y fundador de una de ellas, muy frecuentada por extranjeros de todas las nacionalidades durante el invierno. Se despierta a diario temprano, y tras el rezo con el que comienza la mañana, se levanta para ir a ver el mar antes de empezar la jornada con sus clientes. Desde pequeño, fue un amante del océano y se escapaba del colegio para ir a bucear, pescar o con una madera cogida de los escombros, fabricar su propia tabla de surf. Le ha gustado siempre leer e interesarse por otras culturas que no fueran la suya y recibe cada semana a personas de todo el mundo. Hombres y mujeres que quieren aprender este deporte se acercan a él año tras año, para su mejoría y evolución. A lo largo de toda su vida ha hecho surf y en pocas ocasiones ha compartido olas con muchas mujeres musulmanas. Aunque él no lo piensa, cree que los hombres árabes en general, consideran que deslizarse con una tabla por una ola, es un deporte masculino.

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Nadia surfeando -Foto: Moroco Surf Photography (MSP)

En la tradición musulmana no está bien que una mujer haga surf por varios motivos. Para empezar, por razones de seguridad, el hombre protege mucho a la mujer árabe y por otro, no está bien visto que se mezclen ambos sexos realizando dicha actividad. Se evita así el Hchouma, un código moral que implica que algo es vergonzoso para una familia. Además, el surf es un deporte que siempre ha tenido mala reputación. En sus comienzos, lo practicaban los hippies y se asociaba con el consumo de algunas drogas. En Marruecos además, gran parte de la gente que vive al borde del mar no sabe nadar y las mujeres rara vez van a la playa a hacerlo, por miedo o por pudor.

A pesar de ello, poco a poco esto va cambiando. Aunque es raro encontrar mujeres musulmanas en el agua, cada vez es más frecuente. Los medios de comunicación, los viajes, han hecho a lo largo de los años, que el surf sea un deporte más conocido, respetado y valorado. Las mujeres en general lo practican a día de hoy con más asiduidad. Las chicas viajan solas a países árabes y poco a poco, van acostumbrando a los hombres a compartir el mar mientras exista por ambas partes, respeto.

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Youssef y Nadia. Foto: Moroco Surf Photography (MSP)

Hombres como Youssef. D han ayudado a lo largo de los años a todas las mujeres que han querido practicar el deporte en su país, tanto extranjeras como locales. Hace hincapié en que la seguridad en el agua para una mujer es muy importante y debe sentirse segura. Acompaña a sus clientas y amigas a playas a las que solas, no se acercarían nunca.

Nadia Elghalia Ben Abdelkhalek comparte algunas veces olas con él en la bahía de Imssouane. Marroquí, Nadia nació en el pueblo de Safi, en el seno de una familia sencilla y humilde. Su madre era profesora y su padre comerciante. Comenzó el surf en Oualidia, un poblado donde veraneaba desde pequeña con su familia. Le encantaba mirar a los surfistas y que le prestaran su material al salir ellos del agua. Un día, mientras cenaba junto a sus padres y hermano, pidió a su padre que le comprara un traje de surf y tanto él como su hermano, le respondieron que ese deporte era propio de hombres y no para mujeres. Asi que Nadia lo dejó pasar por un tiempo. En su familia, el surf es un pasatiempo que dura el verano y cuando éste acaba, el entretenimiento en el agua también, pero para ella, es otra cosa. Fue duro para Nadia que su padre aceptara con el tiempo que fuera todos los días del año a la playa, fue una batalla complicada durante años. Para su padre una chica, tiene que estar en casa, realizando tareas domésticas, concentrada en sus estudios, bien educada, bien protegida. Siempre tuvo ciertas diferencias respecto a su hermano, a ella no le gustaba mucho esa idea y se rebelaba siempre ante eso. Le influyó que a diario, se rodeaba de chicos y se movía en un ambiente masculino, deportista, no le interesaban mucho las actividades “propias” de las niñas. Era la única chica que practicaba surf en Safi y afirma que a día de hoy, sigue siendo la única. Considera que el surf femenino en Marruecos no está muy desarrollado, pero en ciudades como Casablanca y Rabat sí, porque hay muchas familias de mente abierta, con medios para poder llevar a sus hijos a escuelas de surf, lo que no es el caso de muchas familias marroquíes. Destaca que a medida que vas bajando más al sur de Marruecos, encuentras una o dos chicas por ciudad que hacen surf, pero no hay apenas y todas se conocen. Siempre son las mismas.

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Nadia practica surf y bodyboard. Moroco Surf Photography (MSP)

A Nadia siempre le han respetado en el agua, cree que si solo hubiera chicas surfeando, no habría problema, pero piensa que los chicos en el agua entre ellos, casi siempre están compitiendo, mostrando quién practica mejor el deporte, pero a pesar de ello, se siente respetada. A día de hoy Nadia es fotógrafa y pasa horas en la playa junto a su pareja, no solo haciendo surf, sino fotografiando olas y surfistas.

Con 32 grados de temperatura en Tamraght, Leila. Q. pasea vestida por la playa completamente tapada. Solo se le ven las manos y la cara. No se le ocurre pasear en bañador y mucho menos quitarse el hidjab en público, bajo ningún concepto. Si quiere refrescarse lo hace vestida, pero raro es que se acerque a la playa, porque considera que tiene que atender otras “cosas propias de una mujer”. Jamás ha pensado en hacer surf porque su padre no lo vería bien y deshonraría tanto a su familia como a ella.

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Widad surfeando. Foto: Moroco Surf Photography (MSP)

 

Por el contrario, Widad Radi es una joven marroquí que ha nacido en una familia de mente muy abierta y con padres de alma de mar. Su padre, tenía un importante cargo político en Agadir y su pasión era ser pescador. Widad recuerda su infancia siempre con él cerca del mar. Para ella, ni la cultura musulmana ni su familia, han sido un obstáculo para hacer surf. El único miedo para sus padres era que le sucediera algo en el mar. La joven marroquí comenzó a hacer surf con más constancia al morir su padre, le gustaba acercarse a todos los lugares a los que había ido con él a pescar y mirar las rocas en las que tanto tiempo habían pasado juntos, y ahora, sentada sobre su tabla esperando las olas, mira hacia esos mismos lugares, acordándose de esa persona tan admirable para ella, que le enseñó a amar la naturaleza y en especial, el océano.

A lo largo del día, jóvenes extranjeras se pasean en biquini por las playas de Tamraght. Ríen y comparten olas con todos los locales marroquíes. Ellos ven correcto que haya chicas en el agua y estar con mujeres mostrando su cuerpo, es cada día más habitual, eso sí, si no son locales. Mientras, las mujeres musulmanas observan vestidas ese contraste, pero siempre con absoluto respeto y sonriendo a todas las chicas de la playa. La religión es un aspecto fundamental en la cultura musulmana y en los profesores de las escuelas. Salen del agua a rezar sus cinco veces al día y continúan después impartiendo clases de surf.

Anochece en Tamraght y mientras se escucha de fondo la llamada al rezo, salen del agua las últimas chicas con la puesta de sol.

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Moroco Surf Photography (MSP)

El Islam nunca ha impedido la práctica de este deporte a las mujeres, ni que compartan el mar con hombres. Ciertos padres de familia restringen a sus hijas hacerlo porque para ellos, supone algo vergonzoso y pudoroso. Al final, disfrutar del mar es elección de cada persona y lo importante en Marruecos como en tantos otros países del mundo, es que las mujeres adquieran autonomía para tomar sus propias decisiones. Mantener sus costumbres y respetarlas, es uno de los valores más admirados en este país y es lo que dará libertad a la mujer para que pueda evolucionar en un país árabe. Y es que, en ningún lugar del universo, el mar entiende de sexos.

 

Texto: María Basa Ozores

Fotos: Moroco Surf Photography (MSP)


María Basa en Marruecos Foto: Eye for Eye

María Basa en Marruecos Foto: Eye for Eye

Sobre María

Donostiarra, nacida en San Sebastián, ciudad en la que vivo actualmente, tengo 37 años y me dedico al mundo de la comunicación. Soy alegre, positiva y llena de energía.

Me apasiona el periodismo, contar historias y escribir. Es lo que me mueve el alma. Viajar es otra de mis pasiones y cada vez que puedo, cojo unos billetes para perderme en una playa. A veces intento compaginar viajes y trabajo, sobre todo cuando escribo sobre ellos. Surfeo desde hace bastantes años, aunque no muy bien, no hay una sola ola que no disfrute, y para mí, esa es la base del surf, que cada ola me aporte alegría. No soy nada competitiva, lo que me llena es poder coger una ola y salir feliz de ella.

El año pasado decidí salir de mi ciudad e irme a vivir a Marruecos, país que ya conocía porque solía ir mucho de vacaciones a surfear. A veces viajo sola, me gusta mucho conocer gente de todas partes, meterme en la cultura de otros países.

Marruecos me enamoró desde el primer viaje, he conocido gente maravillosa, he aprendido a no juzgar tanto a las personas y he podido contrastar culturas, así que aprovechando la oportunidad que me dieron en la escuela de surf Travel Surf Morocco, donde trabajé y sigo colaborando en el ámbito de comunicación, me dediqué un año a surfear a diario, a escribir e investigar sobre surf y sobre las mujeres en Marruecos.

Si algo me da la vida, desde luego, es el mar.